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lunes, 7 de octubre de 2013

Autores contemporáneos (II)

Beckett: Las cenizas de las palabras

Desde que Beckett irrumpiera en el panorama teatral del siglo XX, este sigue en ruinas. Porque piezas como “La última cinta de Krapp” contribuyeron a ese derrumbe  del lenguaje, que mantenía a la miseria humana con su halo romántico de patetismo o tragedia. Sus escombros sepultaron al idealismo. Enterraron el fatal simulacro, las palabras huecas, las cáscaras vanas  en que se habían degradado los valores humanos. Las pasiones que engendraron el desarrollo del teatro quedaron reducidas a un mecanismo herrumbroso que ya solo generaría el chirrido rutinario de un remedo de  existencia.

Fragmentos de monólogos atroces que muestran que la palabra es el gran fracaso del hombre. Retales de memoria, acumuladas como cosas inservibles, inútiles. Mezquindades sin trascendencia, que degradan al hombre al automatismo de una reproducción fonográfica, fuera ya de unos contextos culturales, vaciada ya de cualquier carga emocional o trascendente, presa del tiempo (Cronos el único dios no abolido) en su caída hacia la nada (usurpando la eternidad) . Perdida la fe en la palabra, comenzando la grieta en los filósofos semitas, el hombre se convierte en su propio vigilante, acecha cada mínimo movimiento interior. Escrupuloso escrutador de su desgarro absoluto, instigador de sus propios y demoledores tormentos. Recorre  las dimensiones de su vacío. Esa deshumanización crea una nueva forma de dramaturgia que intenta desprenderse de los valores literarios abarcando ignotos territorios escénicos, clausurados antes para la palabra, intenta sondear desde el silencio aquello de lo que dijo Wittgenstein era mejor callar. La mayoría de los autores no obstantes solo desplazan su literatura hacia la acotación o el aparte, confundiendo el monólogo interior con los dictados de su propia conciencia, aderezada estos con exposiciones interpretativas bretchianas que intentan traspasar la propia pared que levantan, la famosa cuarta pared. La relación con el actor se enrarece, se necesitan intermediarios que le expliquen que sus resortes vitales y emocionales no sirven.  Lo ilustra Ghelderode en una acotación: “No se podrá creer real en ningún momento. Si parece vivo es que el actor lo representa mal.” No se podrá creer real pero aun reducido -metamorfoseado dirán otros- a marioneta  tendrá que transmitir verdad, vínculo ineludible con el espectador, irreal pero veraz son dos polos difíciles de reunir, insalvables para muchos que no guardaron el penoso equilibrio.
Interpretar reuniendo un montón de cenizas fue una tarea a la que se aplicaron fascinados por la imposibilidad (movidos por una rara fe) las vanguardias. Sacrificando, la comunicación ritual hacia lo sagrado se entabla siempre a través del sacrificio, toda la tradición de un oficio adquirido, buscando renovadamente la presencia. El siglo XX vagabundeó perdido entre esas ruinas, con sus cascotes erigió este túmulo que quería ser fin, final  testamentario cuya única heredad fue el sarcasmo.

De ese testamento nihilista ya podemos hacer hermenéutica, nuevo material de interpretación. Solo los personajes cuando alcanzan la verdad interpretativa, en el raro momento en que trascienden  el teatro, cuando se desvinculan del autor,  escapan a esta tasación histórica. Beckett también acabó en  sus libros, de los cuales podemos extraer algunas ideas. Ayer el Krapp, estuvo delante de mi, con su aterradora existencia, su desesperanza,  y su aspecto astroso. Es una criatura, ya,  tan tangible como quien en la oscuridad de la sala lo miraba. Es lo único que no podemos abolir, porque el teatro no depende de nosotros, aunque necesite de nuestras voces, de nuestras manos, escapa, desde siempre, indemne de las limitaciones textuales, por entre las rejas de los renglones, y vuelve inmutable al misterio de la oscuridad, del silencio. Haciéndose vida aun con la cenizas de unas palabras.

EC. 2005



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