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sábado, 3 de agosto de 2013

Lecciones de expresión corporal (I)


Ribera , el tacto en la pintura.

“Dios no tiene otras manos sino las nuestras” dijo Santa Teresa. Parece que  estas manos de Dios encarnaron en las pintadas  por José de Ribera.

Huesudas y pálidas en el místico, sarmentosas y rudas en anacoretas y penitentes, delicadas en  magdalenas y vírgenes, hinchadas por las intemperies en los pedigüeños que se asoman a su apostolado.  Manos ancianas desgastadas por la vida, aferradas a los días y   encallecidas de quienes han  escarbado  la tierra con sus manos. Todas tienen el peso de una existencia, trasmiten sus fatigas.

Debieron ser a imagen y semejanza del Españoleto, nacido en 1591, crecido con la lezna, las hormas  y los tafiletes de la zapatería paterna, el niño descubrió la pintura en los retablos de Játiva, las del Maestro de Perea o de Juan de Juanes, entre muchos ejemplos. Pudo pasar al taller de Ribalta antes de marchar a  Italia, descubrir a Caravaggio que salpicaría su pintura de sombras y crudeza,  y trabajar con Fanzago, con quien buscó en la concreción visual de las formas , la emoción del movimiento. Manos que ya exhaustas y temblorosas, pintaron el mismo año de su muerte, 1652 , esa sinfonía de movimientos, luces y colores que es la Comunión de los Apóstoles en la napolitana  iglesia de San Martino.

Pintado cada hueso, cada músculo, cada arruga, la piel tatuada con las inclemencias del destino, pero también cada nervio, cada pulsión de la sangre, manos que oran et laboran, su tacto llega hasta nuestra mirada, palpamos la oscuridad que las rodea, hasta donde no llega  la vista. Allí los cráneos, los devocionarios, los instrumentos del martirio…  sus fondos tienen la oscuridad de la muerte. Donde esta carne, atravesada por el dolor, vive. Nos señala y nos convoca.

EC








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