Información de Teatro Inactual y artes residuales

miércoles, 19 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (III)


Al Presidente del consejo de comisarios del Pueblo de la URSS
Viatcheslav Mikhailovitch Molotov



He aquí mi confesión, corta como lo es un segundo antes de morir. Nunca he sido un espía. 

Ha parecido al gobierno el castigo que por mis faltas se me había reservado no era suficiente para mi (el cierre de mi teatro, la dispersión del colectivo) y que debía sufrir otro castigo, el que los órganos NKVD me infligen ahora. Esto quiere decir que es necesario que sea así. 

Y mi yo se divide en dos personas. La primera se pone a buscar los “crímenes” de la segunda , y cuando no los encuentra, se pone a inventarlos. 

El Juez de instrucción se ha mostrado como una ayuda experimentada en este asunto, y nos hemos puesto a inventar mis crímenes juntos, en estrecha colaboración. El juez de instrucción repetía sin cesar y amenazando:  “si no escribes , te golpearemos de nuevo, y no dejaremos intactas más que la cabeza y tu mano derecha, y dejaremos el resto como un despojo de cuerpo informe, sangriento, deshecho” 

Me golpeaban, a mi, un viejo enfermo de sesenta años, me tumbaban sobre el suelo, cabeza abajo, con un tubo de caucho anudado, me golpeaban la planta de los pies y la espalda , cuando me hacían sentar en una silla , me golpeaban las piernas con el mismo objeto (desde arriba con gran fuerza) , y las partes situadas entre las rodillas y la parte superior de las piernas. 

Los días siguientes, como en estas partes de las piernas se había producido una abundante hemorragia interna, me golpeaban sobre los hematomas rojos-azules-amarillos, con este caucho y el dolor era tal que me parecía que en los sitios doloridos y sensibles de las piernas me vertían agua hirviendo. 

Gritaba y lloraba de dolor. Me golpeaban en la espalda con el caucho, me golpeaban en la cara con mucha fuerza. 

Me retracto de estas declaraciones obtenidas golpeándome y os suplico, a usted jefe del Gobierno, que me salve, deme la libertad. Amo mi patria, y estoy dispuesto a consagrarle todas las fuerzas de los últimos años de mi vida.



Vsevelod Meyerhold




sábado, 15 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (II)



Los perros guardianes


"Hay que exprimir al máximo al prisionero durante los tres primeros meses, luego ya no sirve para nada"
Naftali Frenkel. Director de la sección económica  de los Campos de reeducación sovieticos


Tamara Grigorevna Tsulukidze,  arrestada en 1937 justo con su marido, el director Aleksandr Ajmateli , condenada a cinco años de pena, estuvo dieciocho deportada en los campos.  Ajmateli  fue fusilado poco después de su detención. Ella trabajó durante varios años en la tala de bosques y en las canteras antes de pasar  a formar parte del teatro del campo del coronel Knazh-Pogost, en la república de Komi , en el que dirigió un teatro de marionetas. Actuaba en los Campos para los niños nacidos como consecuencia de las violaciones de los guardianes.


“Niños delgaduchos, sombríos, temerosos, con las cabecitas rapadas. Abrían desmesuradamente los ojos sin decir una palabra. En el estrecho pasillo del barracón obligaron a medio centenar de niños a sentarse ante el telón del teatro. Comenzamos. No reaccionaron a la aparición del gato Petrushka. Un silencio absoluto. Pero cuando el perro Drushuk apareció ante el telón y ladró, se asustaron. Las primeras filas rompieron a llorar, las demás tras ellas. Salí ante el telón para mostrarles que sólo era un títere. No sirvió de nada, continuaban llorando. Los niños criados en  el campo de trabajo nunca habían visto un gato, ni un gallo, ni una vaca, y el perro les traía el recuerdo de los perros de los guardianes.”

Recuerdos de Tamara Tsulukidze


                         La prisionera Tamara Tsulukidze actuando en el Campo de Komi

miércoles, 12 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (I)


Divertir al verdugo


¿Que es lo que uno siente cuando actúa en el escenario para sus verdugos? 
Al fin y al cabo , el país entero tocaba y bailaba para Stalin.
Lazar Sherishevski


En las primeras filas estaban sentados los directores de los campos de trabajo y los oficiales de la guardia, acompañados de sus esposas: uniformes, botas pulidas , vestidos de noche. Detrás de ellos se sentaba la intendencia, los ingenieros, los guardianes y chóferes. ..
Después de la actuación, los actores se quitaban los trajes de príncipes, damas y húsares de opereta y se ponían sus chaquetas grises y sus gorros de orejeras. En la oscuridad de la helada noche polar, una escolta armada los acompañaba hasta la alambrada del campo . Los artistas recuperaban su papel en la vida real: el de prisioneros.
Una ambición de muchos directores de campos de trabajo era tener su propio teatro. Para la administración de los campos, el teatro era, junto con el vodka, la única diversión. En ellos reinaba la propaganda. Se cantaba La canción del caudillo, se declamaba una palabra al camarada Stalin, se celebran los aniversarios de la revolución. Los espectáculos ” enseñaban la vigilancia revolucionaria y el odio ardiente al enemigo” En uno de ellos la heroína “encuentra  en sí la fuerza y el coraje de descubrir un enemigo en su amado”  El coronel Barabanov solía decir a los actores, reclutados en los campos: “Deberíais olvidar que detrás del escenario hay un guardián con una kalashnikov. Sólo el trabajo. Sólo el arte…”


Por esas fechas , en el campo de Kolymá tenían lugar las ejecuciones  masivas de los prisioneros en el Marco de la Gran Purga, que se cobraron la vida de unos 12.000 reclusos. 



Representación de La Atracción Terrestre, en el campo de trabajo de Solovki


El teatro significaba la salvación de los artistas, porque el trabajo escénico los liberaba de la tala de bosques, con la nieve hasta la cintura, del trabajo en las minas o de la descarga de vagones en el frío, trabajo que provocaban  que las personas no acostumbradas a tan duras condiciones, sensibles y de poca resistencia psíquica, fueran las primeras en morir.   

Pero no todos tuvieron la misma suerte. El director del teatro Mali de Moscú, Serguéi Amaglobeli, murió en el Gulag.  El actor Boris Aleksandrov no sobrevivió a una condena de ocho años. Lesh Kurbas, director ucraniano y reformador del teatro fue fusilado en Solovki. El escenógrafo Boris Erbstein y el pianista Vsevolod se quitaron la vida en ese campo. Meyerhold y el director georgiano Ajmateli fueron fusilados. El dramaturgo  tártaro Fatki Burnash, el director Veniamin Zuskin, el actor Zubkov Shustruiski , el director karim Tinchurin, la cantante Ada Milikovskaia, los dramaturgos Victor savin, serguéi Tretiakov, Fiódor Chesnokov y miles de artistas del escenario murieron en la Gulag.


Victor Kuzin. Martirolog. Teatralnaïa Zhizn (La vida teatral)

domingo, 2 de febrero de 2014

Historia particular de la infamia


Pobre Don Ramón convertida tu obra en cartón piedra, cambiaron tu bufanda por corbata estatal por triplicado, Hoy tus bastonazos son política incorrecta, por más que sigamos en el país de los cabrones de la Academia, aclamados por los ventrílocuos de consignas, propagadores de conciencia mediática, taxidermistas culturales y demás camaleónica ralea.

Hoy escupen desde los despachos convertidos en escenario, tus parlamentos. A porcentaje de subvención menos veintiún por ciento de IVA. Ellos no son carlistones, no, que son fervientes utópicos de la Gulag y la checa, propietarios tras la bandería, que echan mierda y se quejan del hedor. ¿Creación teatral?  No nos pongamos estupendos. Toda su esperanza está en los premios Juan Palomo, y en acabar de pagar la segunda hipoteca. Esa que les cura del estrés en el mar o la sierra.


No les costó olvidar aquello de “por sus obras los conoceréis”, si se les recuerda, anteponen aquello otro de “es que tengo que vivir”. Ya les contestó el Marqués de Argenson, hace mucho tiempo: “No hay ninguna necesidad de ello”


Pasquín del Lic. Rebolera




sábado, 25 de enero de 2014

Espacios Escénicos (IV)

Arnold Böcklin. El  cruce del Leteo


Las aguas son oscuras, silenciosas.  La barca parece no moverse.  Ninguna señal desvela el horizonte, apenas si alumbra la antorcha que porta su proa. Pero los remos se hunden turbios, abriendo ondas en su cauce. Es el único sonido en esta noche cerrada y sin límites.
Se diría que el tiempo no transcurre,  o que acaso su única medida  sean  los olvidos, que  cada vez más, nos van alejando de las costas de la vida.
Lo que recuerdo del lugar de partida es cada vez más brumoso, apenas si retengo mi nombre,  Arnold, Arnold… me repito como un eco…   No guardo memoria de enfermedad o  las azarosas heridas que me embarcaron en esta lúgubre travesía. Solo puedo evocar  una ventana que daba a unas ruinas o quizás fuera pintor y ese un paisaje que yo pintara obsesivamente.  Lo único que quedó indeleble fueron las lágrimas que resbalaban ardientes, cuando cerré los ojos de mi hija… ¡María! …  Bajo esta corriente , a veces se me aparece su rostro, aunque fugaz se disuelve en espuma, antes que  logre distinguirla claramente…
Las sombras se han ido espesando, la ceguera  no me deja distinguir ya, las manos colocadas sobre mi pecho. Antes de que se desmoronen las palabras y su sentido, quiero decir que, sin embargo, no me abandona la esperanza. ¿Para qué si no esta barca? ¿Para qué esa antorcha si no es para no perdernos?

EC








sábado, 14 de diciembre de 2013

Homenaje a los malditos (IV)

La Tía Sandalia. Toda ciencia trascendiendo.

El día , aún en las primeras horas de la mañana se adivina caluroso. La Tía Sandalia desgrana los misterios del rosario entre el polvo que levanta el escobón de ramas.  Se acerca por el horizonte alguien a la carrera, entrecierra los ojos para agudizar su vista.  Antes de que llegue el mensajero gritando entrecortado por la asfixia, una punzada lacera su corazón.  “El Àngel... El Ángel se ha tirado… se ha tirado al pozo…  al pozo…”  La vecina que salía a tender ropa desde el silo vecino, ya la vio pataleando en el suelo,  llamó a gritos a su hijo, un adolescente larguirucho y corrieron a sujetarla. Tenía los ojos vueltos y la boca espumeaba. Metieron una punta de su delantal  en su boca, para que no se mordiera la lengua, pero no lograban reducirla.  Igual que cuando se llevaron a su marido al frente, se necesitaron cuatro hombres para refrenarla.   Al griterío salió otra vecina con un esqueje  de ruda, sembrada para los ataques, y se  la restregó bajo la nariz… solo así lograron aquietarla… Estuvo aquel largo verano de 1950 postrada en cama, los ojos fijos en el crucifijo de enfrente. Nadie podía ver lo que veía ella.

Unos  ángeles  bajaban del cielo , tenían túnicas moradas y alas color de oro,  su delantal era el paño de verónica desde el que asomaban las sangrientas facciones del divino rostro… vio la escalera por la que bajaban, tosca, de ciprés nudoso,  al salvador del mundo de su cruz. La misma por las que subieron el cuerpo de su hijo Ángel del fondo del pozo.  Ahora lo veía resplandeciente, como el sol levantándose en el camino…

Aquel fue su último ataque de epilepsia.   Cuando se levantó , se puso un habito morado  y se ciñó un cíngulo color oro , un hábito del nazareno que llevaría hasta su muerte. En sus adentros, el milagro del arte se había consumado.  Mandó a por yeso.  Con él cubría armazones de ramita de  sarmiento,  con una cuchara y el cuchillo iba modelando sus figuras y con la brocha, que hizo de crines del burro,  les daba pintura de temple al modo de policromado.   Una actividad devocionaria que ya llenaría su vida, convirtiendo su propia casa en santuario. De sus manos encallecidas fue saliendo un santoral tosco, un primitivismo evangélico,  religiosidad popular, que la Tía Sandalia (Villacañas 1902- 1987) analfabeta como era, traía desde los albores de lo legendario, hagiografías de tradición oral  o  del viejo libro de oraciones que su madre le enseñara. Entre sus paredes, verdadera cueva sacra, se percibe el dolor de la creación, la pasión de Cristo hecha la pasión del artista. Violencia inusitada de una expresividad trascendente. Artista con una misión marcada, toda su alma quedó plasmada  en su obra,  agitada y sencilla. Con la pureza y el misterio de un niño, dejó escritas unas torpes palabras:

Mi ALMA ESTU lla JESU
S llocoMOPE CADOrA ME A
brazo A TU
CrUz.
SANDAliA


 EC



sábado, 7 de diciembre de 2013

Los Corderos. El cielo de los tristes.

Nuevas formas de inmolación

Los cuerpos recorren cada palabra, como en una ceremonia  que olvidó su sentido.  Una alegoría furiosa dentro de una burbuja que nos sumerge en su barroquismo sin perspectivas, en su abigarramiento de lo inservible.  La retórica de una tecnología obsoleta no configura una estética, el espacio no se forma según leyes racionales, sino que es fruto de la movilidad, del fluir de la sangre.  Juego y riesgo, es decir, el filo de la tragedia al alcance de la mano. Instantes fugaces en el laberinto de la nada,  punción del deseo que desemboca en la muerte.  Muerte sellada al vacío. Perpetuación del absurdo de existir, el ser despojado de trascendencia abocado a su remedo . 


Los Corderos tienen un sentido de la poética teatral hondo, donde las metáforas de las acciones se encadenan:  Teseo que pierde el hilo, mata el asesinado, se trasviste la memoria, profilaxis del amor o  crisálida plástica. Línea telefónica con nuestra conciencia. Peces artificiales en un pecera, que nos proyecta , que nos encierra, en su asfixia cotidiana.  La máquina mimetizada con el hombre también inerme ante el tiempo, El cielo de los tristes, toca los límites cortantes de este abismo que llamamos vivir. En sus aristas queda el magistral esfuerzo de esta inmolación.


E.C