Información de Teatro Inactual y artes residuales

martes, 17 de febrero de 2015

Manjares del ratón de biblioteca (II)


El Viajero y su Sombra
Eugenio Montes
Ed. Cultura Española. Madrid 1940


Así nació la tragedia, ante una tumba y en torno a un cuerpo lívido que ya se va a comer la tierra. Una tumba es un límite y es, a la par, un misterio.  De límites y misterios vive y sufre la gran hermosura de todo arte trágico, con un vivir que es un morir entre sollozos. Y si se niegan los límites y se ignora el misterio entonces podrá haber drama , porque la vida es dramática , aun en sus dimensiones menos profundas, pero no tragedia de acento noble.

Cuando no hay teología, no hay tragedia. Hay , a lo sumo, drama , teatro psicológico, análisis de pasiones, de pasiones que nadie padece ni compadece, porque no se concibe la compasión sin unidad de sentimiento y destino. Faltan entonces misterios y certezas unánimes. Le falta coro al héroe, por la ausencia de vínculos que liguen y religuen protagonista y pueblo.

Esa incapacidad de la época moderna para la tragedia, para la representación de estilo a la vez noble y popular , corresponde al eclipse de la liturgia. Tantas y tantas preguntas periodísticas sobre la causa de la decadencia del teatro, tantos cientos y miles de artículos banales, y ni una sola voz dando la réplica profunda. Y ni una sola voz diciendo lo que hay que decir. Esto: el teatro decae cuando decae el sentido religioso, porque en su más honda entraña toda representación trágica es liturgia y rito.

El pueblo ya no es pueblo , sino esa miseria a la que llaman público. Y a la que se echan abyecciones  y bazofia. El “teatro popular” , el que se adapta al público , es tan malo como el otro, el de los selectos, que no se adapta. Porque tampoco estos –  estetas de todo los pelajes- han logrado nada. Claro, quieren hacer “teatro de arte” , con escrúpulos y conciencia. Sí , pero con conciencia meramente artística. Y la gran belleza trágica no ha nacido de preocupaciones artísticas , sino de angustias religiosas.

(Del Capítulo : Pasión de Oberammergau)


viernes, 16 de enero de 2015

Las alas en el estiércol


 Mi amigo tiene muchos nombres, muchas caras, muchas edades.  Escribió un texto de teatro, o  lo encontró en una biblioteca pública o se lo recomendaron, no me acuerdo. Se quedó (como le pasa siempre) fascinado y  decidió montarlo. Buscó a otros amigos, da igual los nombres, las caras, las edades,  para configurar el reparto.  Buscando donde poder ensayar,  se le gastaron   las suelas de los zapatos y los bonos del metro, cuando podía se colaba en los cercanías, buscó desde salas alternativas a bodegas de bares,  garajes , cualquier trastero 2x2 metros…  no tenían para pagar el alquiler de las salas también asfixiadas por no poder pagar el alquiler,  había un trastero pero ya lo habían ocupado otros a esas horas de la noche… difícil coordinar los horarios de quienes tienen oficios precarios,  mi amigo y sus amigos trabajan en bares de copas, payasos de semáforos,  animando primeras comuniones, buzoneando publicidad, en lo que encuentran…  Al final , no tuvieron otra,  acabaron en su ático abuhardillado , poniendo la cama en vertical contra la pared, y sacando los montones de libros al pasillo. Ensayaban,    encorvandose si se acercaban según a que parte del supuesto escenario,  en voz baja y con miedo de pisar muy fuerte porque crujía el suelo y despertaba  a los  vecinos de abajo, un matrimonio pakistaní  hacinado con sus cuatro hijos en edad escolar, poco sensibles al arte.  Allí imaginaban más que hacían los ensayos. A veces hasta las tantas de la madrugada rehacían, modificaban, tachaban, creaban,  ebrios de entusiasmo.  Con la obra ya acabada, reunieron  el poco dinero que tenían, para hacer  un DVD  como pudieron y un pequeño cartelito  a modo de publicidad.  Volvieron a patearse todos los rincones donde poder mostrar al mundo su obra, después de remover Roma con Santiago,  lo lograron.  Nada menos que en una sala de 30 sillas, tres viernes de un mismo mes, a las diez de la noche, después de otra obra  y antes de una sesión que llamaban golfa.  ¡Cómo se movieron dejando publicidad por todos sitios!  Repartiendo papelitos por todas partes, desde bibliotecas de barrio a las puertas de los teatros importantes, mi amigo, que son tantos amigos,  se desprendió de sus libros, de su saxofón ,  poco más   tenía de valor y lo empleó en fotocopias …   Aquella era una gran oportunidad  de que al fin su trabajo fuera descubierto y  lograra alguna continuidad. En el estreno todos éramos amigos invitados y los otros dos días casi lograron llenar según me cuenta. Sobre la obra escribieron elogiosamente en tres blogs, y en algunos otros lo anunciaron.  Por supuesto que nada pasó.  En la sala le dijeron que continuar era imposible porque ya estaban otros apalabrados, que desde que la tele estaba mal ni los famosos tenían donde meterse,  que mirarían para la próxima temporada, pero que casi seguro tendrían que cerrarla antes pues no tenían para acometer las obras que les exigían para renovar la licencia. Hace de esto unos meses. Anteayer me lo encontré. Ya lo veo menos, pues se mudó del barrio.  No tenía para pagar el alquiler del ático, alquilo una habitación en uno de tantos pueblos del sur de la capital.  Sigue con sus mismos zapatos  desechos y con su misma ilusión intacta.  Me habló de un texto que llevaba dos meses escribiendo que trataba de esto,  de cómo llevaba dos meses escribiendo un texto que pasaría otros dos meses tratando de encontrar donde ensayar y de cómo  al fin ensayaría otra vez en su habitación durante unos dos meses,  para esperar encontrar donde poder estrenar…  ¿No me parecía una idea soberbia?  Lo harían los mismos amigos, ya eran, después de dos montajes casi un grupo, y además ahora dos de actores no tenían ningún trabajo y podían ensayar más tiempo.  Me contó también que le había llegado la tercera multa por colarse en el cercanías, y me pidió no sin rubor que si le podía prestar para un billete. Digamos que mi amigo es como tantos en este noble oficio del teatro: Solo tienes sueños. Me acuerdo de él, hoy cuando una gloria de nuestra escena, que no sale de los pasillos de la subvención estatal, desde la sección de moda del periódico del régimen, aconseja a los actores a "trabajar como animales". A mi amigo le debió ir mal en el oficio por eso, porque solo pudo, supo o quiso, trabajar como un artista. Y es que a diferencia de él , hay quien solo tiene dinero. Cosa que por lo que leo en el suplemento de moda,  causa no pocos complejos.


Pasquín del Licenciado Rebolera


 Amélie Beaury Saurel.  Dans le bleu


domingo, 11 de enero de 2015

Manjares del ratón de biblioteca

La calidad de la misericordia
(Reflexiones sobre Shakespeare)
Peter Brook
Ediciones La Pajarita de Papel

¡Están tan llenos los escenarios de obras que de Shakespeare solo tienen el título! Desde los petrificados decorados estatales hasta las adaptaciones al modo ruidoso de la época, donde el discurso ahoga el mensaje.  Todo lo contrario que en Shakespeare, que nunca juzga, solo muestra los conflictos humanos, la fuente esencial del arte teatral, la rivalidad mimética que diría René Girard, percatándose de que esa tensión, ese fuego de pasiones enfrentadas, era el verdadero nervio que recorría la creación dramática, y que era ese conflicto el que  diferenciaba al teatro radicalmente  de cualquier otro arte. En nadie como en Shakespeare esa llama se propagó por  todos los sentimientos, todas las pasiones, encarnando en unos destinos donde alumbran y se consumen.  Su gran lección es ese desaparecer en sus personajes. Son ellos y nunca su autor quienes nos dirigen la palabra. Esto no solo hace que al abrir sus libros nos siga retando la mirada colérica de Lear, que el cráneo de Yorick hasta nuestros pies  salga rodando, y que las rosas de Ofelia guarden sus espinas ¡ay! intactas… sino que en cualquier obra posterior, toda situación, todo personaje que deambule por la historia del teatro, guarde un resplandor o una sombra de esa llama.


Agitada en ese pabilo, esta lectura deja constancia de una larga aventura, y contagia una pasión, la que nos lleva del misterio al milagro, la que cruza del libreto al escenario. 

(Del prólogo de Eusebio Calonge)



lunes, 22 de diciembre de 2014

Crujir de tablas y otras músicas escénicas (IV)

La última noche de Agustín Lara


Arráncame la vida
Con un último beso de amor
Arráncala toma mi corazón …


El estruendo apagó la voz. La botella se hizo añicos en su cara,  los cristales la abrieron con un estrépito de sillas y gritos.  Las teclas del piano se llenaron de huellas de sangre.  Una mujer llamada Estrella hendió aquella turbia noche  hasta su memoria.

Yo conocí el amor, es muy hermoso,
pero en mi fue fugaz, y traicionero,
volvió canalla lo que fue glorioso,
pero fue un gran amor, y fue el primero …


Le quedó el hábito de acariciarse la cicatriz que cruzaba su desgarbado perfil, desde el lóbulo a la comisura de los labios.  Pese a llegar a escanciar la vida en días de vino y rosas, sus discos giraban en espaciosas mansiones, entre licor, lencería y diamantes,  en cada canción fugaz asomaban los filos dolorosos de su pasado. Este escueto dandy  arrabalero,  nunca pudo  quitarse el sabor  del maquillaje barato, del tugurio oscuro, de la pasión  traicionera y canalla…

Amor por ti bebí mi propio llanto
amor fuiste mi cruz, mi religión
Es justa la revancha y entretanto
sigamos engañando al corazón


Su triste mirada vagando insomne por el techo , apenas alumbrada por los farolitos del recuerdo,  desesperadamente carnales.   Un rosario que engarza  nombres de mujer donde solo se musitan  los misterios dolorosos.

Vende caro tu amor aventurera
da el precio del dolor a tu pasado
Y aquel que de tu boca la miel quiera
que pague con brillantes su pecado.


Un mes de noviembre cerró su piano definitivamente,  un cigarrillo seguiría expandiendo  el humo por su historia.  Su agotada sombra cruzo hacia la rotonda de hombres ilustres mexicanos,  dos  de  sus versos le sirven de epitafio. Él, como la pecadora del evangelio, como las que habían cruzado su corazón y sus frágiles boleros,  había amado mucho. La noche había acabado para Agustín Lara.

Pobres manos
alas quebradas



EC 2000








domingo, 29 de junio de 2014

Espacios Escénicos (V)

Vanessa Winship , el color de la polvareda.


Las utopías socialistas dejaron un paisaje apocalíptico, horizonte desolado donde los sueños se batieron en retirada.  Ocultando esta aridez se colocó el decorado de la sociedad del bienestar, un trampantojo del que vemos la falsedad apenas nos acercamos.
De los añicos de la antigua Unión Soviética a un desvaído sueño americano, las dos caras de una moneda mohosa.  Lo económico como vía muerta.


Trenes descarrilados, puentes que nunca unieron nada, búnkeres abandonados, distintas geografías con la misma tierra agotada, exhausta. Escolares de pobres uniformes, retratos frágiles, raíces aferradas a la vida en una geología inhóspita.  

Vanessa Winship cruzó las fronteras en el momento en que se desmoronaban, quedando en sus fotografías el color de la polvareda.

EC




miércoles, 19 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (III)


Al Presidente del consejo de comisarios del Pueblo de la URSS
Viatcheslav Mikhailovitch Molotov



He aquí mi confesión, corta como lo es un segundo antes de morir. Nunca he sido un espía. 

Ha parecido al gobierno el castigo que por mis faltas se me había reservado no era suficiente para mi (el cierre de mi teatro, la dispersión del colectivo) y que debía sufrir otro castigo, el que los órganos NKVD me infligen ahora. Esto quiere decir que es necesario que sea así. 

Y mi yo se divide en dos personas. La primera se pone a buscar los “crímenes” de la segunda , y cuando no los encuentra, se pone a inventarlos. 

El Juez de instrucción se ha mostrado como una ayuda experimentada en este asunto, y nos hemos puesto a inventar mis crímenes juntos, en estrecha colaboración. El juez de instrucción repetía sin cesar y amenazando:  “si no escribes , te golpearemos de nuevo, y no dejaremos intactas más que la cabeza y tu mano derecha, y dejaremos el resto como un despojo de cuerpo informe, sangriento, deshecho” 

Me golpeaban, a mi, un viejo enfermo de sesenta años, me tumbaban sobre el suelo, cabeza abajo, con un tubo de caucho anudado, me golpeaban la planta de los pies y la espalda , cuando me hacían sentar en una silla , me golpeaban las piernas con el mismo objeto (desde arriba con gran fuerza) , y las partes situadas entre las rodillas y la parte superior de las piernas. 

Los días siguientes, como en estas partes de las piernas se había producido una abundante hemorragia interna, me golpeaban sobre los hematomas rojos-azules-amarillos, con este caucho y el dolor era tal que me parecía que en los sitios doloridos y sensibles de las piernas me vertían agua hirviendo. 

Gritaba y lloraba de dolor. Me golpeaban en la espalda con el caucho, me golpeaban en la cara con mucha fuerza. 

Me retracto de estas declaraciones obtenidas golpeándome y os suplico, a usted jefe del Gobierno, que me salve, deme la libertad. Amo mi patria, y estoy dispuesto a consagrarle todas las fuerzas de los últimos años de mi vida.



Vsevelod Meyerhold




sábado, 15 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (II)



Los perros guardianes


"Hay que exprimir al máximo al prisionero durante los tres primeros meses, luego ya no sirve para nada"
Naftali Frenkel. Director de la sección económica  de los Campos de reeducación sovieticos


Tamara Grigorevna Tsulukidze,  arrestada en 1937 justo con su marido, el director Aleksandr Ajmateli , condenada a cinco años de pena, estuvo dieciocho deportada en los campos.  Ajmateli  fue fusilado poco después de su detención. Ella trabajó durante varios años en la tala de bosques y en las canteras antes de pasar  a formar parte del teatro del campo del coronel Knazh-Pogost, en la república de Komi , en el que dirigió un teatro de marionetas. Actuaba en los Campos para los niños nacidos como consecuencia de las violaciones de los guardianes.


“Niños delgaduchos, sombríos, temerosos, con las cabecitas rapadas. Abrían desmesuradamente los ojos sin decir una palabra. En el estrecho pasillo del barracón obligaron a medio centenar de niños a sentarse ante el telón del teatro. Comenzamos. No reaccionaron a la aparición del gato Petrushka. Un silencio absoluto. Pero cuando el perro Drushuk apareció ante el telón y ladró, se asustaron. Las primeras filas rompieron a llorar, las demás tras ellas. Salí ante el telón para mostrarles que sólo era un títere. No sirvió de nada, continuaban llorando. Los niños criados en  el campo de trabajo nunca habían visto un gato, ni un gallo, ni una vaca, y el perro les traía el recuerdo de los perros de los guardianes.”

Recuerdos de Tamara Tsulukidze


                         La prisionera Tamara Tsulukidze actuando en el Campo de Komi

miércoles, 12 de febrero de 2014

Teatro en el Gulag (I)


Divertir al verdugo


¿Que es lo que uno siente cuando actúa en el escenario para sus verdugos? 
Al fin y al cabo , el país entero tocaba y bailaba para Stalin.
Lazar Sherishevski


En las primeras filas estaban sentados los directores de los campos de trabajo y los oficiales de la guardia, acompañados de sus esposas: uniformes, botas pulidas , vestidos de noche. Detrás de ellos se sentaba la intendencia, los ingenieros, los guardianes y chóferes. ..
Después de la actuación, los actores se quitaban los trajes de príncipes, damas y húsares de opereta y se ponían sus chaquetas grises y sus gorros de orejeras. En la oscuridad de la helada noche polar, una escolta armada los acompañaba hasta la alambrada del campo . Los artistas recuperaban su papel en la vida real: el de prisioneros.
Una ambición de muchos directores de campos de trabajo era tener su propio teatro. Para la administración de los campos, el teatro era, junto con el vodka, la única diversión. En ellos reinaba la propaganda. Se cantaba La canción del caudillo, se declamaba una palabra al camarada Stalin, se celebran los aniversarios de la revolución. Los espectáculos ” enseñaban la vigilancia revolucionaria y el odio ardiente al enemigo” En uno de ellos la heroína “encuentra  en sí la fuerza y el coraje de descubrir un enemigo en su amado”  El coronel Barabanov solía decir a los actores, reclutados en los campos: “Deberíais olvidar que detrás del escenario hay un guardián con una kalashnikov. Sólo el trabajo. Sólo el arte…”


Por esas fechas , en el campo de Kolymá tenían lugar las ejecuciones  masivas de los prisioneros en el Marco de la Gran Purga, que se cobraron la vida de unos 12.000 reclusos. 



Representación de La Atracción Terrestre, en el campo de trabajo de Solovki


El teatro significaba la salvación de los artistas, porque el trabajo escénico los liberaba de la tala de bosques, con la nieve hasta la cintura, del trabajo en las minas o de la descarga de vagones en el frío, trabajo que provocaban  que las personas no acostumbradas a tan duras condiciones, sensibles y de poca resistencia psíquica, fueran las primeras en morir.   

Pero no todos tuvieron la misma suerte. El director del teatro Mali de Moscú, Serguéi Amaglobeli, murió en el Gulag.  El actor Boris Aleksandrov no sobrevivió a una condena de ocho años. Lesh Kurbas, director ucraniano y reformador del teatro fue fusilado en Solovki. El escenógrafo Boris Erbstein y el pianista Vsevolod se quitaron la vida en ese campo. Meyerhold y el director georgiano Ajmateli fueron fusilados. El dramaturgo  tártaro Fatki Burnash, el director Veniamin Zuskin, el actor Zubkov Shustruiski , el director karim Tinchurin, la cantante Ada Milikovskaia, los dramaturgos Victor savin, serguéi Tretiakov, Fiódor Chesnokov y miles de artistas del escenario murieron en la Gulag.


Victor Kuzin. Martirolog. Teatralnaïa Zhizn (La vida teatral)

domingo, 2 de febrero de 2014

Historia particular de la infamia


Pobre Don Ramón convertida tu obra en cartón piedra, cambiaron tu bufanda por corbata estatal por triplicado, Hoy tus bastonazos son política incorrecta, por más que sigamos en el país de los cabrones de la Academia, aclamados por los ventrílocuos de consignas, propagadores de conciencia mediática, taxidermistas culturales y demás camaleónica ralea.

Hoy escupen desde los despachos convertidos en escenario, tus parlamentos. A porcentaje de subvención menos veintiún por ciento de IVA. Ellos no son carlistones, no, que son fervientes utópicos de la Gulag y la checa, propietarios tras la bandería, que echan mierda y se quejan del hedor. ¿Creación teatral?  No nos pongamos estupendos. Toda su esperanza está en los premios Juan Palomo, y en acabar de pagar la segunda hipoteca. Esa que les cura del estrés en el mar o la sierra.


No les costó olvidar aquello de “por sus obras los conoceréis”, si se les recuerda, anteponen aquello otro de “es que tengo que vivir”. Ya les contestó el Marqués de Argenson, hace mucho tiempo: “No hay ninguna necesidad de ello”


Pasquín del Lic. Rebolera




sábado, 25 de enero de 2014

Espacios Escénicos (IV)

Arnold Böcklin. El  cruce del Leteo


Las aguas son oscuras, silenciosas.  La barca parece no moverse.  Ninguna señal desvela el horizonte, apenas si alumbra la antorcha que porta su proa. Pero los remos se hunden turbios, abriendo ondas en su cauce. Es el único sonido en esta noche cerrada y sin límites.
Se diría que el tiempo no transcurre,  o que acaso su única medida  sean  los olvidos, que  cada vez más, nos van alejando de las costas de la vida.
Lo que recuerdo del lugar de partida es cada vez más brumoso, apenas si retengo mi nombre,  Arnold, Arnold… me repito como un eco…   No guardo memoria de enfermedad o  las azarosas heridas que me embarcaron en esta lúgubre travesía. Solo puedo evocar  una ventana que daba a unas ruinas o quizás fuera pintor y ese un paisaje que yo pintara obsesivamente.  Lo único que quedó indeleble fueron las lágrimas que resbalaban ardientes, cuando cerré los ojos de mi hija… ¡María! …  Bajo esta corriente , a veces se me aparece su rostro, aunque fugaz se disuelve en espuma, antes que  logre distinguirla claramente…
Las sombras se han ido espesando, la ceguera  no me deja distinguir ya, las manos colocadas sobre mi pecho. Antes de que se desmoronen las palabras y su sentido, quiero decir que, sin embargo, no me abandona la esperanza. ¿Para qué si no esta barca? ¿Para qué esa antorcha si no es para no perdernos?

EC








sábado, 14 de diciembre de 2013

Homenaje a los malditos (IV)

La Tía Sandalia. Toda ciencia trascendiendo.

El día , aún en las primeras horas de la mañana se adivina caluroso. La Tía Sandalia desgrana los misterios del rosario entre el polvo que levanta el escobón de ramas.  Se acerca por el horizonte alguien a la carrera, entrecierra los ojos para agudizar su vista.  Antes de que llegue el mensajero gritando entrecortado por la asfixia, una punzada lacera su corazón.  “El Àngel... El Ángel se ha tirado… se ha tirado al pozo…  al pozo…”  La vecina que salía a tender ropa desde el silo vecino, ya la vio pataleando en el suelo,  llamó a gritos a su hijo, un adolescente larguirucho y corrieron a sujetarla. Tenía los ojos vueltos y la boca espumeaba. Metieron una punta de su delantal  en su boca, para que no se mordiera la lengua, pero no lograban reducirla.  Igual que cuando se llevaron a su marido al frente, se necesitaron cuatro hombres para refrenarla.   Al griterío salió otra vecina con un esqueje  de ruda, sembrada para los ataques, y se  la restregó bajo la nariz… solo así lograron aquietarla… Estuvo aquel largo verano de 1950 postrada en cama, los ojos fijos en el crucifijo de enfrente. Nadie podía ver lo que veía ella.

Unos  ángeles  bajaban del cielo , tenían túnicas moradas y alas color de oro,  su delantal era el paño de verónica desde el que asomaban las sangrientas facciones del divino rostro… vio la escalera por la que bajaban, tosca, de ciprés nudoso,  al salvador del mundo de su cruz. La misma por las que subieron el cuerpo de su hijo Ángel del fondo del pozo.  Ahora lo veía resplandeciente, como el sol levantándose en el camino…

Aquel fue su último ataque de epilepsia.   Cuando se levantó , se puso un habito morado  y se ciñó un cíngulo color oro , un hábito del nazareno que llevaría hasta su muerte. En sus adentros, el milagro del arte se había consumado.  Mandó a por yeso.  Con él cubría armazones de ramita de  sarmiento,  con una cuchara y el cuchillo iba modelando sus figuras y con la brocha, que hizo de crines del burro,  les daba pintura de temple al modo de policromado.   Una actividad devocionaria que ya llenaría su vida, convirtiendo su propia casa en santuario. De sus manos encallecidas fue saliendo un santoral tosco, un primitivismo evangélico,  religiosidad popular, que la Tía Sandalia (Villacañas 1902- 1987) analfabeta como era, traía desde los albores de lo legendario, hagiografías de tradición oral  o  del viejo libro de oraciones que su madre le enseñara. Entre sus paredes, verdadera cueva sacra, se percibe el dolor de la creación, la pasión de Cristo hecha la pasión del artista. Violencia inusitada de una expresividad trascendente. Artista con una misión marcada, toda su alma quedó plasmada  en su obra,  agitada y sencilla. Con la pureza y el misterio de un niño, dejó escritas unas torpes palabras:

Mi ALMA ESTU lla JESU
S llocoMOPE CADOrA ME A
brazo A TU
CrUz.
SANDAliA


 EC



sábado, 7 de diciembre de 2013

Los Corderos. El cielo de los tristes.

Nuevas formas de inmolación

Los cuerpos recorren cada palabra, como en una ceremonia  que olvidó su sentido.  Una alegoría furiosa dentro de una burbuja que nos sumerge en su barroquismo sin perspectivas, en su abigarramiento de lo inservible.  La retórica de una tecnología obsoleta no configura una estética, el espacio no se forma según leyes racionales, sino que es fruto de la movilidad, del fluir de la sangre.  Juego y riesgo, es decir, el filo de la tragedia al alcance de la mano. Instantes fugaces en el laberinto de la nada,  punción del deseo que desemboca en la muerte.  Muerte sellada al vacío. Perpetuación del absurdo de existir, el ser despojado de trascendencia abocado a su remedo . 


Los Corderos tienen un sentido de la poética teatral hondo, donde las metáforas de las acciones se encadenan:  Teseo que pierde el hilo, mata el asesinado, se trasviste la memoria, profilaxis del amor o  crisálida plástica. Línea telefónica con nuestra conciencia. Peces artificiales en un pecera, que nos proyecta , que nos encierra, en su asfixia cotidiana.  La máquina mimetizada con el hombre también inerme ante el tiempo, El cielo de los tristes, toca los límites cortantes de este abismo que llamamos vivir. En sus aristas queda el magistral esfuerzo de esta inmolación.


E.C



jueves, 17 de octubre de 2013

Crujir de tablas y otras músicas escénicas (III)


Arribo de Rachmaninov  a la isla de los muertos.


Solo encuentro alivio a este dolor terrible, tocando el piano. Es un dolor que siento llegar al abrir los ojos, cada mañana, un dolor lleno de ruido, que me asola y acaba con el silencio que necesito para componer…  En mi vida siempre me faltó el silencio, en mis primeros recuerdos están  los gritos de mis padres discutiendo por las dificultades económicas,  los gritos de mis profesores del conservatorio amenazándome con expulsarme. Siempre el ruido, aturdiéndome desde la memoria:  el llanto de mi madre cuando murió mi hermana Sofia, los rebuznos de los críticos con mi primera sinfonía, el estallido de la revolución, los trenes del exilio, el ajetreo de las ciudades, los efímeros aplausos …   la punzada de la neuralgia que taladraba mi sien,  y ahora esta  tos  que me va arrancando los pulmones…  tanto ruido  … ¿dónde encontrar el descanso?… ya abatido por la vida busqué un jardín que me recordara mi primera infancia, y aunque esta luz era tan distinta, imaginaba aún a mis hermanos, jugando al escondite, detrás de cada árbol; yo corría tras ellos por mis recuerdos,  los busqué como entonces,  en lo más frondoso de la arboleda, pero era la muerte quien me esperaba emboscada. Lo supe por el silencio. Sí, ese silencio, el necesario para componer, el que había buscado toda mi vida, al fin lo sentía: Lo comprendí, había arribado a la isla de los muertos…

EC. 




lunes, 7 de octubre de 2013

Autores contemporáneos (II)

Beckett: Las cenizas de las palabras

Desde que Beckett irrumpiera en el panorama teatral del siglo XX, este sigue en ruinas. Porque piezas como “La última cinta de Krapp” contribuyeron a ese derrumbe  del lenguaje, que mantenía a la miseria humana con su halo romántico de patetismo o tragedia. Sus escombros sepultaron al idealismo. Enterraron el fatal simulacro, las palabras huecas, las cáscaras vanas  en que se habían degradado los valores humanos. Las pasiones que engendraron el desarrollo del teatro quedaron reducidas a un mecanismo herrumbroso que ya solo generaría el chirrido rutinario de un remedo de  existencia.

Fragmentos de monólogos atroces que muestran que la palabra es el gran fracaso del hombre. Retales de memoria, acumuladas como cosas inservibles, inútiles. Mezquindades sin trascendencia, que degradan al hombre al automatismo de una reproducción fonográfica, fuera ya de unos contextos culturales, vaciada ya de cualquier carga emocional o trascendente, presa del tiempo (Cronos el único dios no abolido) en su caída hacia la nada (usurpando la eternidad) . Perdida la fe en la palabra, comenzando la grieta en los filósofos semitas, el hombre se convierte en su propio vigilante, acecha cada mínimo movimiento interior. Escrupuloso escrutador de su desgarro absoluto, instigador de sus propios y demoledores tormentos. Recorre  las dimensiones de su vacío. Esa deshumanización crea una nueva forma de dramaturgia que intenta desprenderse de los valores literarios abarcando ignotos territorios escénicos, clausurados antes para la palabra, intenta sondear desde el silencio aquello de lo que dijo Wittgenstein era mejor callar. La mayoría de los autores no obstantes solo desplazan su literatura hacia la acotación o el aparte, confundiendo el monólogo interior con los dictados de su propia conciencia, aderezada estos con exposiciones interpretativas bretchianas que intentan traspasar la propia pared que levantan, la famosa cuarta pared. La relación con el actor se enrarece, se necesitan intermediarios que le expliquen que sus resortes vitales y emocionales no sirven.  Lo ilustra Ghelderode en una acotación: “No se podrá creer real en ningún momento. Si parece vivo es que el actor lo representa mal.” No se podrá creer real pero aun reducido -metamorfoseado dirán otros- a marioneta  tendrá que transmitir verdad, vínculo ineludible con el espectador, irreal pero veraz son dos polos difíciles de reunir, insalvables para muchos que no guardaron el penoso equilibrio.
Interpretar reuniendo un montón de cenizas fue una tarea a la que se aplicaron fascinados por la imposibilidad (movidos por una rara fe) las vanguardias. Sacrificando, la comunicación ritual hacia lo sagrado se entabla siempre a través del sacrificio, toda la tradición de un oficio adquirido, buscando renovadamente la presencia. El siglo XX vagabundeó perdido entre esas ruinas, con sus cascotes erigió este túmulo que quería ser fin, final  testamentario cuya única heredad fue el sarcasmo.

De ese testamento nihilista ya podemos hacer hermenéutica, nuevo material de interpretación. Solo los personajes cuando alcanzan la verdad interpretativa, en el raro momento en que trascienden  el teatro, cuando se desvinculan del autor,  escapan a esta tasación histórica. Beckett también acabó en  sus libros, de los cuales podemos extraer algunas ideas. Ayer el Krapp, estuvo delante de mi, con su aterradora existencia, su desesperanza,  y su aspecto astroso. Es una criatura, ya,  tan tangible como quien en la oscuridad de la sala lo miraba. Es lo único que no podemos abolir, porque el teatro no depende de nosotros, aunque necesite de nuestras voces, de nuestras manos, escapa, desde siempre, indemne de las limitaciones textuales, por entre las rejas de los renglones, y vuelve inmutable al misterio de la oscuridad, del silencio. Haciéndose vida aun con la cenizas de unas palabras.

EC. 2005



sábado, 5 de octubre de 2013

Dramatis personae (XIII)

Los restos  de Fortunata

Cruzó la ciudad hacia el cementerio, abstraído,  sin mirar las calles. Al llegar dijo al taxista que esperara y buscó en el tercer patio la lápida. Tardo en encontrarla porque no recordaba que su nicho estuviera tan alto. Al fin leyó su nombre esculpido: Fortunata. Y fue como volver a verla. Fugaces se le aparecieron sus ojos, su sonrisa fresca, el tacto de sus manos, y hasta le pareció oír su voz... allí permaneció con el corazón atravesado, la cabeza gacha por ocultar el caudal de lágrimas que surcaban su cara. ¡Si le viese alguien! Aquel Don Juan, aquel Juanito Santa Cruz, aquel que no era ya sino un tiesto, un saco de achaques, abandonado por el tiempo…

Reparó en una flor que adornaba su nicho. ¿Quién la habría depositado? Ni Maximiliano muerto en el manicomio hacía tantos años, que no sería menos polvo que aquel que ahora visitaba; ni aquel farmacéutico, del que no recordaba el nombre, que se iría de Madrid al cielo haría tanto; ni el hijo, aquel haragán pendenciero, al que siempre se le ocultó quien era su madre. ¿Quién más, después de un siglo de aparecida la novela, podía haber dejado aquella flor?

 No podía saber que fui yo, un lector anónimo, quien la puse entre las páginas del libro, antes de cerrarlo y devolverlo al anaquel, rezando  por ella y por todos aquellos personajes, a los que una pasión devastadora, arrastró a la realidad desde sus novelas, sus piezas teatrales, sus lienzos … en un salto póetico que cruzó el abismo de la ficción hasta  la presencia. En la muerte más vivos , o al menos igual de nada, que  los mortales que llegaron hasta la sepultura en carne y hueso.


 Renqueante y encorvado regresa Don Juan, Juanito Santa Cruz, al coche, como quien sube,  por su propio pie, a su propio coche fúnebre.

EC. 2006


La Morfina. 1894. Santiago Rusiñol

domingo, 15 de septiembre de 2013

Espacios Escénicos (III)


Mujica Laínez .  Escenografías marchitas.


Acabó la época en que las aparatosas lámparas de araña multiplicaban en los espejos su barroquismo. La casa está clausurada. 

En el recibidor pende, como la bandera del naufragio, el gran tapiz descolorido y deshilachado, que retrata La adoración de los Reyes, tejido según cartón de Rubens (1), que vino a adornar el testero después de tantas vicisitudes históricas. Abajo un busto roto, desnarigado  y perdida una oreja y la mitad de su sonrisa, posiblemente, de la que fue dueña de la casa, nos da  la funesta bienvenida.

La escalera de caracol, expoliado su mármol,  se asoma a la espesa penumbra de un mausoleo, de  muebles amortajados, donde el carrillón del reloj hace mucho no marca ninguna hora. 

En los salones cuadros patinosos y oscuros, algún paisaje  se adivina de Prilidiano Pueyrredón (2) en otros ya manchados por la humedad no se distingue nada. Las huellas en el papel de la pared,  delata que allí hubo algunos  otros. Los que entraron en el lote del anticuario o el chamarilero.    Cruje el suelo, tapizado con los desconchones del techo,  por él se esparcen algún marco dorado carcomido, un violín destripado, algún quinqué sin tubo, discos de pizarra rotos, añicos de jarrones de Sévres, flores secas… Los cortinajes pesados y tiñosos guardan sombría  esta ruina.

En su biblioteca, las polillas apenas han dejado los tejuelos de los libros. Si alguien abriera alguno de sus tomos en piel, (El de “Pablo y Virginia” de Saint-Pierre, impreso por Alzine en Perpiñan en 1816,  pongamos por caso (3) ) las palabras se desmoronarían como polvo. Quedan sobre su escritorio, dos frasquitos de tinta seca, legajos polvorientos. Y en un cajón el retrato de una mujer joven, de expresión alegre, las monturas rotas de unas gafas y  algunas monedas de cobre fuera de curso.

En el dormitorio, bajo un crucifijo, el colchón hundido, el de un lecho que debió ser adoselado, enseña sus entrañas de plumas, cobijo de ratones. Tras la puerta los jirones de un vestido lila y un estrambótico sombrero con plumas de avestruz (4). Dos maletas de cuero cuarteadas, con pegatinas de hoteles distantes. Un tocador cojo de una pata y con su luna quebrada. Una polvera seca, tarritos de perfume que dejaron su fragancia en el pasado…

La cocina como el baño fueron  devastados en busca del plomo de sus tubos y cañerías, algún cubo de zinc desfondado, una sartén sin rabo, botellas vacías.
La mansión , se fue quedando tan muda como el panteón familiar, solo en verano se escuchan los vencejos que anidan en su piso de arriba. Hasta la esbelta palmera que se erguía en su jardín fue talada (5).

1   -      Del cuento La Adoración de los Reyes en Misteriosa Buenos Aires
2   -      Del cuento El pintor de San Isidro en Aquí Vivieron
3   -      En “Memorias de Pablo y Virginia” también cuento de Misteriosa Buenos Aires
4   -      Del Cuento El Coleccionista de Aquí Vivieron
5   -      De la novela “La Casa”


Así mismo, aparecen objetos descabalados de la novela Los Ídolos y otros tantos cuentos de Manuel Mujica Laínez , dispersos ya por mi memoria. 

EC




Naturalezas Muertas. Bodegones de La Recoleta 3, 7 y 11. Buenos Aires. 2013. EC

sábado, 3 de agosto de 2013

Lecciones de expresión corporal (I)


Ribera , el tacto en la pintura.

“Dios no tiene otras manos sino las nuestras” dijo Santa Teresa. Parece que  estas manos de Dios encarnaron en las pintadas  por José de Ribera.

Huesudas y pálidas en el místico, sarmentosas y rudas en anacoretas y penitentes, delicadas en  magdalenas y vírgenes, hinchadas por las intemperies en los pedigüeños que se asoman a su apostolado.  Manos ancianas desgastadas por la vida, aferradas a los días y   encallecidas de quienes han  escarbado  la tierra con sus manos. Todas tienen el peso de una existencia, trasmiten sus fatigas.

Debieron ser a imagen y semejanza del Españoleto, nacido en 1591, crecido con la lezna, las hormas  y los tafiletes de la zapatería paterna, el niño descubrió la pintura en los retablos de Játiva, las del Maestro de Perea o de Juan de Juanes, entre muchos ejemplos. Pudo pasar al taller de Ribalta antes de marchar a  Italia, descubrir a Caravaggio que salpicaría su pintura de sombras y crudeza,  y trabajar con Fanzago, con quien buscó en la concreción visual de las formas , la emoción del movimiento. Manos que ya exhaustas y temblorosas, pintaron el mismo año de su muerte, 1652 , esa sinfonía de movimientos, luces y colores que es la Comunión de los Apóstoles en la napolitana  iglesia de San Martino.

Pintado cada hueso, cada músculo, cada arruga, la piel tatuada con las inclemencias del destino, pero también cada nervio, cada pulsión de la sangre, manos que oran et laboran, su tacto llega hasta nuestra mirada, palpamos la oscuridad que las rodea, hasta donde no llega  la vista. Allí los cráneos, los devocionarios, los instrumentos del martirio…  sus fondos tienen la oscuridad de la muerte. Donde esta carne, atravesada por el dolor, vive. Nos señala y nos convoca.

EC








domingo, 28 de julio de 2013

Dramatis personae (XII)


Edvard Munch. El itinerario del sonámbulo

Ante la pintura de Munch más que emoción sentimos un escalofrío. Por su trazo sinuoso asistimos al desgarro, al abatimiento de un destino: el del hombre perdido en sí mismo. Nos hace así, testigos de su propio dolor, convirtiendo por tanto, su arte en sacrificio.

Su mirada hacia dentro, honda, enquistada, hace que no sean personas sino almas las que se asoman a  sus cuadros. Creando una unidad trágica desde sus primeras obras.  Como en los grandes, su estilo no es fruto de una búsqueda estética, sino de un encuentro fatal.  El de la belleza con la muerte.


Sus pinturas cruzan el inquietante puente que va del expresionismo al simbolismo. Enigmáticas y obsesivas, de colores densos, en violenta pugna entre ellos. Fascina la energía y el instinto de su pincel, los abismos que recorre. La mujer como ausencia, la soledad del hombre, que autorretrata constantemente, ese silencio eterno que propaga El Grito. La angustia de vivir, de saberse muerto bajo un cielo deshabitado.

EC





sábado, 20 de julio de 2013

Espacios escénicos (II)

Martín Ramírez. La perspectiva desde el túnel

No es un precursor ni un predecesor: es un símbolo. Mientras vivió fue un perfecto desconocido y sólo fue descubierto diez años después de su muerte, en 1970. Ramírez nació en 1885, en Jalisco. No se sabe en qué lugar,probablemente en un pueblo pequeño. Trabajó tal vez en el campo y más tarde en una lavandería; al despuntar el siglo, en plena Revolución de México, medio muerto de hambre, emigró a los Estados Unidos. Como tantos de sus compatriotas fue peón caminero en los ferrocarriles; dejó el trabajo porque empezó a sufrir ofuscaciones y alucinaciones. Aunque es difícil reconstruir sus idas y venidas, se sabe que hacia 1915 dejó de hablar, que vagó varios años sin dirección fija, a ratos trabajando y otros viviendo de la caridad pública, hasta que, en 1930, las autoridades de Los Ángeles lo recogieron en Pershing Square, un lugar de refugio de vagabundos y mendigos. El diagnóstico de los médicos fue sin esperanza: paranoico esquizofrénico incurable. Lo internaron en una institución estatal, el hospital Dewirt, en donde vivió treinta años, hasta su muerte, en I960. 

Ramírez nunca recobró el habla pero hacia 1945 comenzó a dibujar y a colorear con lápiz sus composiciones. Decisión que es la cifra de su situación y la clave de su personalidad artística: renunció a la palabra pero no a expresarse. Dibujaba a espaldas de las autoridades pues los guardianes, para conservar limpias las salas, destruían las obras de los pacientes. Unos pocos años antes de su muerte tuvo la fortuna de ser descubierto por un psiquiatra que se convirtió en su ángel custodio, el doctor Tarmo Pasto. Un día en que el profesor, acompañado de sus discípulos de la Universidad de Sacramento, visitaba el hospital, se le acercó Ramírez y le entregó un rollo de dibujos que llevaba escondido debajo de la camisa.

(Octavio Paz. Los privilegios de la vista I. Arte e identidad: los hispanos de los Estados Unidos.)





Yo araba, salía el sol y araba, se iba el sol y araba a tientas, había días en que ni el sol salía de tanto tener los ojos metidos en la tierra. Un gusano parecía uno. Un gusano de su propia hambre. Royendo su propia vida, escarbando una galería hacia su muerte. La tierra no daba para llenar la barriga, el sol picaba en la espalda encorvada, como pica la sarna, y los piojos, y las pulgas y chinches, y las ladillas, todos los bichos que uno coge en el túnel por el que se llega aquí.

Trabajé en el ferrocarril para poder mandar dinero, trabajé hasta que me echaron, porque ya no había trabajo para los extranjeros, porque a los blancos también se les acaba la comida y venían a escarbar el túnel. De allí, fui más al norte, más hondo, a las mismísimas entrañas de la tierra, fui minero, yo me notaba ya raro en aquel hoyo, como si estuviera escarbando mi tumba con las uñas, me pasaba las noches rascándome aquella llaga que era mi vida con el retrato que me habían enviado de mi hijo.

Sí, todo este es un lugar donde viven los muertos. Tenemos esta fosa donde olvidarnos de la vida. Nadie nos trae flores, ni nos reza, ni nos enciende velas, porque ya no somos muertos recientes, nos vamos pudriendo en la memoria de los otros, cada vez más polvo, cada vez más nada.

Un puente sobre los precipicios, y un tren que lo atraviesa, cruza los túneles  deja atrás la oscuridad y sale a la luz… si me consiguiera betún de los zapatos para pintar eso…


EC.  Fragmentos de  La perspectiva dentro del túnel